Tengo en mis manos el billete que me llevará a mi libertad. Y no sólo a eso, me llevará a una nueva ciudad, a un lugar diferente del país y a una nueva aventura: mi propia aventura. Me pregunto cómo será…
Soy una chica que está a punto de entrar en la universidad y la verdad es que tenga miedo… Mi padre vez que voy a alzar el vuelo del nido familiar: me voy a una ciudad donde no conozco a nadie y eso me gusta, pero a la vez me aterra. Continuamente me hago preguntas: ¿Cómo será mi facultad? ¿Conoceré gente o estaré apartada del resto? ¿Encajaré¿ ¿Cómo será la vida universitaria? ¿Estaré bien viviendo con otros estudiantes compartiendo piso?… Una y otra vez me rondan este tipo de preguntas. De momento me voy a centrar en el viaje que estoy a punto de realizar en tren hacia mi próximo destino. Hace mucho tiempo que no viajo en tren. Mi padre que me ha llevado a la estación, se despidió de mí con un beso y un fuerte abrazo. Voy avanzando en la cola para entregar mi billete. Mientras, siento unos nervios horribles en el estómago que hacen que tengan ganas de vomitar, pero me intento tranquilizarme y me aguanto. Doy mi billete, cojo mi maleta y continúo hacia adelante para buscar el vagón en el que me tengo que subir, pero me paro y me giro. Miro hacía donde mi padre estaba antes de dar mi billete y me vuelven los nervios. Me siento mal. Me invade la triste. Sigo adelante hasta encontrar mi vagón. Me paro y me vuelvo a girar, pero ya no veo a mi padre, sólo un montón de personas que avanzan hacia delante en busca de mi vagón con dificultad por el estrecho pasillo. Lo encontré. Me paro e intento subir la maleta, pero a duras penas la despego del suelo. No tengo fuerza casi y además mis brazos están cansados de tirar de aquel aparatoso trasto lleno de ropa, entre otras cosas. Por suerte un hombre me ayudo a subirla. Me siento, me acomodo, me quedo quieta. Miro fijamente al respaldo del asiento de delante con los ojos abiertos como platos. El resto de pasajeros ya se han sentado. Aguanto los ojos llorosos durante un buen rato. Finalmente, una lágrima recorre mi mejilla.
Comienza el viaje.
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