Un cartel poco visible, pero lo bastante atrayente como para que llamar la atención de unos cuantos interesados en la pintura. Las calles estaban plagadas de carteles anunciando la exposición más esperada por todos los amantes del arte sádico. Su autor era el Captor de la Muerte. Julia quería ir porque le gustaba la pintura y porque no conocía a ese autor y le parecía interesante, pero fue sola porque Morán había quedado con el comisario para hablar del caso de las mujeres asesinadas.
En aquella sala llena de personas admirando cuadros estaba Julia. Ésta observaba con mucha atención uno de ellos: una mujer con un gran atractivo físico, tumbada, dejando ver al espectador todos los encantos de una Venus. Al otro lado de la sala, un hombre miraba fijamente a la inspectora. Poco a poco se acercaba a ella. Él le ofreció una copa y Julia aceptó. Durante unos minutos la mirada de ambos apuntaba al otro. Ella estaba cautivada por él. Era como si algo la hubiera hechizado y no pudiera apartar los ojos de aquel hombre, hasta que la copa de ella cayó al suelo echa añicos. Al darse cuenta de esto, Julia asustada, dirigió la mirada a la copa despedazada en el suelo y cuando quiso darse cuenta, el hombre misterioso había desaparecido. Al acabar la exposición, la inspectora se marchó.
Pasaron los días y no encontraban nada que les sirviera de utilidad. Desesperado, pasaron noches enteras sin dormir pensando en el caso tan complicado que llevaban entre manos. Nunca habían tenido un asunto tan difícil. A base de café estuvieron mientras que reconstruían paso por paso cada uno de los casos, apuntando diferencias y semejanzas. Después de todo, veían que las similitudes eran mayoría y que las diferencias eran escasas, casi inexistentes. Seguían sin sacar nuevas conclusiones.
Un mes más tarde fueron Morán y Julia a otra exposición de pintura. Ésta vez el artista también era desconocido, aunque su nombre no era tan inquietante como el anterior. Se llamaba Ricardo. Sus cuadros se asemejaban parecían a los del Captor en cuanto a la temática. Julia se lo comentó a Morán como mera curiosidad y nada más, de manera que no le dio demasiada importancia.
Una noche en la que Morán iba por la calle se encontró una mujer que iba por el camino de añadirse a la lista de mujeres muertas. El inspector vio que estaba con un hombre con la cara cubierta y cuando lo vio se fue corriendo. Morán prefirió llevársela al hospital para que la curasen y le hicieran unas cuantas pruebas. Se comunicó con el comisario y ambos le interrogaron. Morán le preguntó por aquel hombre con el que iba. Ella le dijo que él era su novio y que la quería.
Pasaron horas sin que la chica dijera nada de gran ayuda, pero finalmente empezó a contarles lo que le hizo, aunque les contestó que si él hacía el que hacía, era para ser la más bella. Fueron a casa de la chica para ver si encontraban alguna pista para coger al sospechoso. Cual fue la sorpresa de Morán al encontrar unos cuadros parecidos a los que vio en la exposición de Ricardo. Todos eran de mujeres desnudas yacentes y se asemejaban a las víctimas de los asesinatos. Rápidamente llevó al comisario unas fotografías de estos cuadros. Cuando el comisario se enteró de todo quería que él y Julia buscaran al tal Ricardo, pero Morán no la localizaba. Fue a su casa a ver si estaba, sin embargo no la halló. Lo que sí que encontró fue un mensaje en el contestador del presunto asesino. Decía que tenía en su poder a Julia y que si quería verla con vida debía reunir en 24 horas 60.000 € y llevarlos al almacén número 8 que estaba junto al muelle del puerto. Harían un intercambio: la mujer por el dinero.
Al día siguiente, el inspector llegó al lugar previsto. Estaba todo bastante oscuro. A lo lejos Morán visualizó una figura humana que le resultaba muy familiar Ricardo iluminado por un foco. Parecía un cuadro impresionista en el que el pintor hubiera utilizado la técnica del claroscuro (una figura con un fondo oscuro iluminada bruscamente con un foco artificial o teatral). Al aproximarse pudo ver con más claridad esa figura. Aquella era la de un hombre: la de Ricardo.
- ¿Dónde tienes a Julia?
- Detrás de aquella puerta.
- Es increíble que exista una persona tan retorcida como tú. Padeces un desdoblamiento de la personalidad, o eso creo yo. Te llamas Ricardo y supongo que eres el Captor de la Muerte, ¿me equivoco?
- Así es. Tanto uno como otro son la misma persona. Soy yo.
- Sólo eres un maldito asesino de mujeres inocentes. No tienes vergüenza.
- Tú dirás los que quieras, pero eres tú el que quiere algo que yo tengo. Estás a mi merced. ¿Dónde está el dinero? Después podrás estar con tu furcia.
La sangre de Morán empezó a hervir de rabia. Tenía ganas de encarcelar a ese cabrón para siempre. Con una mirada asesina y algo de resignación le contestó.
- Aquí tienes.
Morán dejó el dinero y se fue rápidamente a por Julia, aunque no iba todo como esperaba. Se acercó a ella. Oyó un leve sonido cerca de él. Se quedó colapsado.
- ¡Eres un cabrón de mierda! ¿Cómo me has podido hacer esto?
Ricardo se reía. Se reía tan fuerte como el llanto de Morán, que miraba sus manos. Estaban llenas de sangre. Se las llevaba a la cara para ocultar sus amargas lágrimas. Julia estaba muerta. Él cogió el cuerpo y lo abrazaba contra su pecho.
- ¿Cómo puedes sentir algo por una mujer? Son todas iguales. Siempre pensando en ellas mismas. Son unas putas Deberían desaparecer.
- ¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! No todas son iguales. No hay ninguna chica igual que Julia. ¡Yo la quería! Pero tú… ¡Tú la has matado!
En un golpe de ira Morán se levantó y apuntó a Ricardo con su pistola. Entre lágrimas y palabras entrecortadas continuó hablando.
- Las personas como tú sí que deberían de desaparecer.
¡PUM!
viernes, 2 de abril de 2010
Muerte Etérea: historia de un asesino I
Una vez existió un hombre al que le gustaba mucho la belleza femenina. Le gustaba tanto que tuvo cientos y cientos de amante. Aunque no iba con cualquiera: debía tener un mínimo de belleza. Del resto se encargaba él.
- ¿Sabes? Eres bella, muy bella, pero podrías serlo más.
- ¿En serio te parezco guapa? ¿Y cómo podría serlo más?
- Eres mi reina, por eso deseo que te parezcas a una. Además, quiero tener conmigo a la mujer más hermosa de todos los mundos. Tienes que ser como la nieve: blanca, pura, etérea… Si consigues serlo serás la más bella.
Este hombre encandilaba a cualquiera con sus palabras, de modo que la mujer intentaba satisfacerle porque lo veía como el hombre de su vida. A todas les parecía así y por eso hacían lo que les pedía.
Por las noches se las llevaba a su casa, las desnudaba y les ponía sanguijuelas por el cuerpo para que éstas chuparan su sangre y de esta forma parecieran más pálidas y de aspecto delicado. Les hacía beber whisky con vinagre, y esnifar tiza diciéndoles que eran polvos mágicos que aumentarían su belleza. Entonces les prometía que las llevaría al cielo, en lo que sería su última noche, en la cual les hacía el amor con tanta intensidad y brutalidad que acababan exhaustas. Y así morían. A continuación, les cortaba las venas de las muñecas. Éstas dejaban fluir la sangre abundantemente. Contemplaba los cuerpos desnudos de las mujeres, dándole la sangre un toque de morbosidad a la imagen. Lo que veía le parecía algo hermoso y por eso retrataba aquella efigie en cuadros.
Al final sí que conseguían ser como la nieve: blanca, etérea… y fría.
Ricardo era un hombre casado que cuidaba de su mujer enferma. Era pintor y bastante bueno, aunque sus cuadros tenían una presencia un tanto retorcida a pesar de su apariencia de buena persona. Todo el pueblo reconocía su talento. No había casa que no tuviera un cuadro suyo.
- Sí, aquí el inspector Morán.
El teléfono de la comisaría de Vieiras sonó. El inspector Gilbert Morán lo cogió.
- ¿Cómo? ¿Un cadáver de mujer? De acuerdo, estaré ahí en un momento- el inspector colgó el teléfono- ¿Será posible? ¡Otro cadáver de mujer! Como esto sigo así se extinguirá el género femenino.
La escena del crimen era sencilla: una mujer tumbada en la cama, desnuda, pálida. El cuerpo estaba encharcado en sangre debido a que las venas de las muñecas estaban cortadas. Morán se dirigió a un policía que había por ahí.
- Por lo que veo el cadáver está en el mismo estado que lo otros, ¿no es cierto?
- Sí, inspector.
- El comisario me ha pedido que me encargue del caso. Parece un asesinato.
- ¿Usted cree?
- Sí, aunque no podemos dar nada por hecho. Las cosas no son siempre lo que parecen ser.
Media hora más tarde llegó la inspectora Julia Lago. Era una persona esbelta y espigada. Su melena pelirroja, con una ondulación muy pronunciada, hacía destacar la palidez de su piel, en la que se podía percibir unas mejillas rosadas. Aquella mujer era la esposa del inspector Morán. Sin embargo, no se saludaron con un beso, sino con una mirada intrigante y una sonrisa picarona.
- ¿Éste es el cadáver?
- Sí.
- Pues habrá que tomar muestras para analizarlas, además de llevar el cuerpo al médico forense.
Julia observaba el cuerpo con detenimiento. Su mirada era muy penetrante. Cuando se concentraba le salía una arruguilla vertical un poco más arriba del entrecejo, justo en el medio.
- Yo diría que ha sido un asesinato, pero habrá que esperar a que analice las muestras que he cogido y también el resultado de la autopsia.
Unos días más tarde se confirmó lo que sospechaban: era un asesinato y probablemente las víctimas anteriores también fueron víctimas del mismo asesino.
- Si hubiera sido un suicidio, ¿por qué iba a estar desnuda? Murió, en parte, desangrada, no de hipotermia, y también por la sustracción de sangre que le han dejado marca al extraerla. Parece como si le hubieran puesto sanguijuelas por todo el cuerpo. ¿Quién en su sano juicio se pondría esos asquerosos bichos por el cuerpo? Es posible que se las pusiera el asesino, pero se me ocurre por qué.
- Antiguamente dejaban que las sanguijuelas chuparan la sangre de las mujeres nobles para empalidecerlas y así diferenciarlas de las campesinas.
- Sí, Julia, pero ya no estamos en esa época. Si fuera eso cierto no tendría sentido que se las pusiera por todo el cuerpo hasta llegar a morir si sólo querían quedarse más pálidas. Debían de habérselas puesto en zonas clave, ¿no crees? Por eso creo que fue el asesino. Pero hay algo más. Se han encontrado restos de semen en la vagina de la mujer, con lo cual ha habido acto sexual. No se veía a simple vista porque no era mucha cantidad; eso significa que alguien ha querido borrar ese rastro. No podemos decir que haya sido violada porque entonces lo de las sanguijuelas no tiene sentido. También se ha encontrado polvo de tiza en las fosas nasales. Otra cosa importante es, ¿por qué aparecían en la cama al lado de sus maridos sin que ellos se dieran cuenta?
Había muchas preguntas con interrogantes. Morán y Julia se encontraban frente a un caso difícil de resolver.
- ¿Sabes? Eres bella, muy bella, pero podrías serlo más.
- ¿En serio te parezco guapa? ¿Y cómo podría serlo más?
- Eres mi reina, por eso deseo que te parezcas a una. Además, quiero tener conmigo a la mujer más hermosa de todos los mundos. Tienes que ser como la nieve: blanca, pura, etérea… Si consigues serlo serás la más bella.
Este hombre encandilaba a cualquiera con sus palabras, de modo que la mujer intentaba satisfacerle porque lo veía como el hombre de su vida. A todas les parecía así y por eso hacían lo que les pedía.
Por las noches se las llevaba a su casa, las desnudaba y les ponía sanguijuelas por el cuerpo para que éstas chuparan su sangre y de esta forma parecieran más pálidas y de aspecto delicado. Les hacía beber whisky con vinagre, y esnifar tiza diciéndoles que eran polvos mágicos que aumentarían su belleza. Entonces les prometía que las llevaría al cielo, en lo que sería su última noche, en la cual les hacía el amor con tanta intensidad y brutalidad que acababan exhaustas. Y así morían. A continuación, les cortaba las venas de las muñecas. Éstas dejaban fluir la sangre abundantemente. Contemplaba los cuerpos desnudos de las mujeres, dándole la sangre un toque de morbosidad a la imagen. Lo que veía le parecía algo hermoso y por eso retrataba aquella efigie en cuadros.
Al final sí que conseguían ser como la nieve: blanca, etérea… y fría.
Ricardo era un hombre casado que cuidaba de su mujer enferma. Era pintor y bastante bueno, aunque sus cuadros tenían una presencia un tanto retorcida a pesar de su apariencia de buena persona. Todo el pueblo reconocía su talento. No había casa que no tuviera un cuadro suyo.
- Sí, aquí el inspector Morán.
El teléfono de la comisaría de Vieiras sonó. El inspector Gilbert Morán lo cogió.
- ¿Cómo? ¿Un cadáver de mujer? De acuerdo, estaré ahí en un momento- el inspector colgó el teléfono- ¿Será posible? ¡Otro cadáver de mujer! Como esto sigo así se extinguirá el género femenino.
La escena del crimen era sencilla: una mujer tumbada en la cama, desnuda, pálida. El cuerpo estaba encharcado en sangre debido a que las venas de las muñecas estaban cortadas. Morán se dirigió a un policía que había por ahí.
- Por lo que veo el cadáver está en el mismo estado que lo otros, ¿no es cierto?
- Sí, inspector.
- El comisario me ha pedido que me encargue del caso. Parece un asesinato.
- ¿Usted cree?
- Sí, aunque no podemos dar nada por hecho. Las cosas no son siempre lo que parecen ser.
Media hora más tarde llegó la inspectora Julia Lago. Era una persona esbelta y espigada. Su melena pelirroja, con una ondulación muy pronunciada, hacía destacar la palidez de su piel, en la que se podía percibir unas mejillas rosadas. Aquella mujer era la esposa del inspector Morán. Sin embargo, no se saludaron con un beso, sino con una mirada intrigante y una sonrisa picarona.
- ¿Éste es el cadáver?
- Sí.
- Pues habrá que tomar muestras para analizarlas, además de llevar el cuerpo al médico forense.
Julia observaba el cuerpo con detenimiento. Su mirada era muy penetrante. Cuando se concentraba le salía una arruguilla vertical un poco más arriba del entrecejo, justo en el medio.
- Yo diría que ha sido un asesinato, pero habrá que esperar a que analice las muestras que he cogido y también el resultado de la autopsia.
Unos días más tarde se confirmó lo que sospechaban: era un asesinato y probablemente las víctimas anteriores también fueron víctimas del mismo asesino.
- Si hubiera sido un suicidio, ¿por qué iba a estar desnuda? Murió, en parte, desangrada, no de hipotermia, y también por la sustracción de sangre que le han dejado marca al extraerla. Parece como si le hubieran puesto sanguijuelas por todo el cuerpo. ¿Quién en su sano juicio se pondría esos asquerosos bichos por el cuerpo? Es posible que se las pusiera el asesino, pero se me ocurre por qué.
- Antiguamente dejaban que las sanguijuelas chuparan la sangre de las mujeres nobles para empalidecerlas y así diferenciarlas de las campesinas.
- Sí, Julia, pero ya no estamos en esa época. Si fuera eso cierto no tendría sentido que se las pusiera por todo el cuerpo hasta llegar a morir si sólo querían quedarse más pálidas. Debían de habérselas puesto en zonas clave, ¿no crees? Por eso creo que fue el asesino. Pero hay algo más. Se han encontrado restos de semen en la vagina de la mujer, con lo cual ha habido acto sexual. No se veía a simple vista porque no era mucha cantidad; eso significa que alguien ha querido borrar ese rastro. No podemos decir que haya sido violada porque entonces lo de las sanguijuelas no tiene sentido. También se ha encontrado polvo de tiza en las fosas nasales. Otra cosa importante es, ¿por qué aparecían en la cama al lado de sus maridos sin que ellos se dieran cuenta?
Había muchas preguntas con interrogantes. Morán y Julia se encontraban frente a un caso difícil de resolver.
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