viernes, 2 de abril de 2010

Muerte Etérea: historia de un asesino II

Un cartel poco visible, pero lo bastante atrayente como para que llamar la atención de unos cuantos interesados en la pintura. Las calles estaban plagadas de carteles anunciando la exposición más esperada por todos los amantes del arte sádico. Su autor era el Captor de la Muerte. Julia quería ir porque le gustaba la pintura y porque no conocía a ese autor y le parecía interesante, pero fue sola porque Morán había quedado con el comisario para hablar del caso de las mujeres asesinadas.

En aquella sala llena de personas admirando cuadros estaba Julia. Ésta observaba con mucha atención uno de ellos: una mujer con un gran atractivo físico, tumbada, dejando ver al espectador todos los encantos de una Venus. Al otro lado de la sala, un hombre miraba fijamente a la inspectora. Poco a poco se acercaba a ella. Él le ofreció una copa y Julia aceptó. Durante unos minutos la mirada de ambos apuntaba al otro. Ella estaba cautivada por él. Era como si algo la hubiera hechizado y no pudiera apartar los ojos de aquel hombre, hasta que la copa de ella cayó al suelo echa añicos. Al darse cuenta de esto, Julia asustada, dirigió la mirada a la copa despedazada en el suelo y cuando quiso darse cuenta, el hombre misterioso había desaparecido. Al acabar la exposición, la inspectora se marchó.

Pasaron los días y no encontraban nada que les sirviera de utilidad. Desesperado, pasaron noches enteras sin dormir pensando en el caso tan complicado que llevaban entre manos. Nunca habían tenido un asunto tan difícil. A base de café estuvieron mientras que reconstruían paso por paso cada uno de los casos, apuntando diferencias y semejanzas. Después de todo, veían que las similitudes eran mayoría y que las diferencias eran escasas, casi inexistentes. Seguían sin sacar nuevas conclusiones.

Un mes más tarde fueron Morán y Julia a otra exposición de pintura. Ésta vez el artista también era desconocido, aunque su nombre no era tan inquietante como el anterior. Se llamaba Ricardo. Sus cuadros se asemejaban parecían a los del Captor en cuanto a la temática. Julia se lo comentó a Morán como mera curiosidad y nada más, de manera que no le dio demasiada importancia.

Una noche en la que Morán iba por la calle se encontró una mujer que iba por el camino de añadirse a la lista de mujeres muertas. El inspector vio que estaba con un hombre con la cara cubierta y cuando lo vio se fue corriendo. Morán prefirió llevársela al hospital para que la curasen y le hicieran unas cuantas pruebas. Se comunicó con el comisario y ambos le interrogaron. Morán le preguntó por aquel hombre con el que iba. Ella le dijo que él era su novio y que la quería.
Pasaron horas sin que la chica dijera nada de gran ayuda, pero finalmente empezó a contarles lo que le hizo, aunque les contestó que si él hacía el que hacía, era para ser la más bella. Fueron a casa de la chica para ver si encontraban alguna pista para coger al sospechoso. Cual fue la sorpresa de Morán al encontrar unos cuadros parecidos a los que vio en la exposición de Ricardo. Todos eran de mujeres desnudas yacentes y se asemejaban a las víctimas de los asesinatos. Rápidamente llevó al comisario unas fotografías de estos cuadros. Cuando el comisario se enteró de todo quería que él y Julia buscaran al tal Ricardo, pero Morán no la localizaba. Fue a su casa a ver si estaba, sin embargo no la halló. Lo que sí que encontró fue un mensaje en el contestador del presunto asesino. Decía que tenía en su poder a Julia y que si quería verla con vida debía reunir en 24 horas 60.000 € y llevarlos al almacén número 8 que estaba junto al muelle del puerto. Harían un intercambio: la mujer por el dinero.

Al día siguiente, el inspector llegó al lugar previsto. Estaba todo bastante oscuro. A lo lejos Morán visualizó una figura humana que le resultaba muy familiar Ricardo iluminado por un foco. Parecía un cuadro impresionista en el que el pintor hubiera utilizado la técnica del claroscuro (una figura con un fondo oscuro iluminada bruscamente con un foco artificial o teatral). Al aproximarse pudo ver con más claridad esa figura. Aquella era la de un hombre: la de Ricardo.
- ¿Dónde tienes a Julia?
- Detrás de aquella puerta.
- Es increíble que exista una persona tan retorcida como tú. Padeces un desdoblamiento de la personalidad, o eso creo yo. Te llamas Ricardo y supongo que eres el Captor de la Muerte, ¿me equivoco?
- Así es. Tanto uno como otro son la misma persona. Soy yo.
- Sólo eres un maldito asesino de mujeres inocentes. No tienes vergüenza.
- Tú dirás los que quieras, pero eres tú el que quiere algo que yo tengo. Estás a mi merced. ¿Dónde está el dinero? Después podrás estar con tu furcia.

La sangre de Morán empezó a hervir de rabia. Tenía ganas de encarcelar a ese cabrón para siempre. Con una mirada asesina y algo de resignación le contestó.
- Aquí tienes.
Morán dejó el dinero y se fue rápidamente a por Julia, aunque no iba todo como esperaba. Se acercó a ella. Oyó un leve sonido cerca de él. Se quedó colapsado.
- ¡Eres un cabrón de mierda! ¿Cómo me has podido hacer esto?
Ricardo se reía. Se reía tan fuerte como el llanto de Morán, que miraba sus manos. Estaban llenas de sangre. Se las llevaba a la cara para ocultar sus amargas lágrimas. Julia estaba muerta. Él cogió el cuerpo y lo abrazaba contra su pecho.
- ¿Cómo puedes sentir algo por una mujer? Son todas iguales. Siempre pensando en ellas mismas. Son unas putas Deberían desaparecer.
- ¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! No todas son iguales. No hay ninguna chica igual que Julia. ¡Yo la quería! Pero tú… ¡Tú la has matado!
En un golpe de ira Morán se levantó y apuntó a Ricardo con su pistola. Entre lágrimas y palabras entrecortadas continuó hablando.
- Las personas como tú sí que deberían de desaparecer.
¡PUM!

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